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Elena Schiavo, la goleadora que brilló en un Mundial... antes de que existiera el Mundial: "Mis padres no me dejaban jugar, pero yo era una rebelde"

Elena Schiavo (Udine, 1949) pertenece a esa estirpe de deportistas que se tuvo que abrir camino como buenamente pudo, con todo en contra. La futbolista italiana, dueña de un temperamento volcánico y un carácter a prueba de bombas, formada en sus inicios como atleta, fue en su momento una de las caras más reconocibles del primer gran 'boom' del fútbol femenino, cuando el simple hecho de atreverse a jugar ya era un acto de rebeldía.

Su nombre quedó unido para siempre a los torneos internacionales no oficiales de 1970 y 1971 (los que hoy se recuerdan por el documental 'Copa 71'): Italia compitió como si fuera un Mundial de verdad y Schiavo llevó el brazalete como líder de un grupo que no tenía estructura, ni escaparate, ni protección.

En México, país anfitrión de ese Mundial oficioso, el fútbol femenino vivió una locura: el estadio Azteca rugía con decenas de miles de personas y ella lo resumió con una imagen brutal: salió al césped “como si fuera a la guerra”, con el estadio temblando bajo los pies.

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Elena Schiavo
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La leyenda está hecha de detalles: en México, años después, todavía la reconocían con una mezcla de admiración y pánico. “Muy fuerte, muy rápida", contaba de sí misma entre risas, como quien sabe que dejó marca en una época sin repetición en vídeo ni álbumes de cromos.

Leyenda del calcio

En clubes, su trayectoria pasa por nombres clave del calcio femenino de aquellos años: Roma (campeona en 1969), Real Torino y, sobre todo, el universo Falchi Astro, aquel “dream team” que acabaría siendo referencia y que en 1974 también haría historia en Montecatini.

Y alrededor de Schiavo creció el mito: en Italia la llegaron a comparar con Gigi Riva, y a ella le colgaron un apodo de trueno, de los que no se regalan: “l’ira di Dio”, la ira de Dios.

Su vida, en el fondo, explica por qué el fútbol femenino tiene una historia más rica de lo que se suele creer. Schiavo representa a las que jugaron sin red: cuando el sistema miraba hacia otro lado, cuando ni siquiera se soñaba con tener patrocinadores, cuando el hecho de ponerse unas botas ya era un acto revolucionario.

Medio siglo después, su historia vuelve a asomar como recordatorio incómodo de todo lo que se perdió… y de lo que ya estaba pasando en ese Mundial más oficioso que oficial.

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El documental 'Copa 71'
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Un documental incómodo pero necesario

El documental que narra esa historia, 'Copa 71', deja una sensación rara: la de haber descubierto un secreto que el fútbol escondió durante medio siglo. El documental de Rachel Ramsay y James Erskine rescata un Mundial femenino que no “debería” haber existido… y que, sin embargo, explotó en la cara del sistema.

México 1971: dos estadios gigantes. El Azteca a reventar (110.000 personas) y el Jalisco de Guadalajara como segunda catedral. Patrocinadores, tele, periódicos… todo en modo locura. Aquello no era un partido entre amigas: era un fenómeno de masas. Tan grande que ni la FIFA supo cómo controlarlo.

¿La solución? La más vieja del fútbol: cerrar la puerta. Prohibir a las mujeres jugar en grandes estadios y, de paso, borrar el éxito del mapa. El documental lo clava con una escena que vale por mil editoriales: Brandi Chastain, doble campeona del mundo, viendo imágenes de aquel torneo y soltando un “no tenía ni idea”.

Y en medio de esa copa que el tiempo quiso esconder aparece una capitana italiana con nombre propio: Elena Schiavo.

Contra la voluntad de sus padres

“Mis padres no me dejaban jugar, pero yo era una rebelde”, cuenta. Y esa frase funciona como contraseña de una época: la de las futbolistas que jugaban contra el rival… y contra el mundo.

Porque antes de 1971 ya había pasado de todo. En Reino Unido, el fútbol femenino llegó a estar lanzado desde 1917, con decenas de equipos. Hasta que llegaron los “expertos” con su veredicto: que si el pecho, que si los ovarios, que si la salud… y el balón pasó a ser pecado.

En Italia y Brasil, directamente, jugar se convirtió en delito. Invisibles, clandestinas, a escondidas. Y la FIFA remató con una sentencia que hoy suena a museo del horror: “inmoral, indecoroso, impropio”.

Con mascota propia, un torneo de verdad

Pero entonces llegaron los sesenta, algunas restricciones aflojaron y unos empresarios mexicanos vieron el negocio: espectáculo con futbolistas. Y acertaron. La presentación de las seis selecciones tuvo sabor olímpico. El torneo arrancó y el documental pisa el acelerador: partidos, tensión, goles, ruido de estadio y una mascota con nombre de guerrera, Xochitl, como si ya entonces el mensaje estuviera escrito.

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La mascota del Mundial femenino de 1971
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En el césped, México debutó ganando 3-1 a Argentina. Las argentinas se vengaron después con un 4-1 a Inglaterra. Italia, con Schiavo al mando, tumbó a Francia (1-0) y empató con Dinamarca (1-1).

Y llegó la semifinal más intensa: Italia contra México, dos goles anulados a las ‘azzurri’ y una pelea en el campo que resume el choque de mundos. Al final, la final fue para Dinamarca, 3-0 a México, y el Azteca se quedó en silencio.

Borradas del mapa

Lo peor llegó después: no fue que el torneo terminara, más bien fue enterrado. Como si 110.000 personas no hubieran gritado. Como si aquellas futbolistas no hubieran demostrado, en el estadio más grande, que el fútbol también era suyo.

En 1991, el Mundial femenino volvió de forma oficial, ya bajo el amparo de la FIFA. Ya no hubo marcha atrás. Pero 'Copa 71' deja el testimonio de lo ocurrido 20 años antes. A Elena Schiavo, la capitana rebelde, le tocó vivirlo.

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