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“Lleida es una ciudad para un solo equipo de fútbol”

Criado en la élite de la Masía, curtido en ligas europeas y con el poso de quien ha sobrevivido al fango de los impagos. Joan Campins (Sa Pobla, 1995) analiza una temporada volcánica en el Atlètic Lleida, donde el proyecto deportivo ha tenido que convivir con un clima social de hostilidad permanente.

La nula química entre el talonario, el sentimiento y la identidad.

Ha sido una temporada muy complicada donde el margen de error nos ha terminado castigando. Es evidente que este proyecto no ha sido querido por el entorno y eso se percibe en cada jornada. Como club se hacen las cosas con una excelencia impropia de la categoría, pero cuando el contexto social es hostil y el césped no acompaña para entrenar, todo se vuelve una cuesta arriba demasiado pronunciada.

La fractura social de una ciudad dividida y polarizada.

El Lleida CF tiene la masa social, la historia y el ruido, pero la realidad es que estos empresarios decidieron emprender su propio camino porque en el club principal no encontraron las facilidades necesarias. Sigo pensando que Lleida es una ciudad para un solo equipo; lo más inteligente sería unificar fuerzas, pero los egos en los despachos pesan más que el sentido común y la fusión parece hoy una utopía.

De aquellos excesos estas penurias.

Luchar en tres frentes, incluyendo la Copa Federación y la Copa Catalunya, nos ha terminado pasando factura. Es una ambición lícita y bonita, pero el desgaste es innegable en categorías donde el ritmo es alto y los recursos no son infinitos. Al final, el doble partido semanal es un lujo que a veces se paga con puntos en la liga.

Ni la lírica de Gabri ni el pragmatismo de Jordi López: el fallo sistémico por encima de la pizarra.

Teníamos una plantilla en la primera vuelta con una calidad técnica exquisita pero quizá demasiado joven para saber cerrar los partidos con oficio. En invierno llegaron refuerzos con más colmillo, pero algo habremos hecho mal para no estar más arriba. Ni la propuesta atractiva de Gabri ni el estilo más directo de Jordi han terminado de cuajar como esperábamos.

La Tercera RFEF como cura de humildad.

Siempre he apostado por este proyecto, pero uno tiene que ser honesto con su nivel y a día de hoy no me veo jugando en Tercera. Mi objetivo es mantenerme en el fútbol profesional o lo más cerca posible de él. Me cuido al detalle para que este viaje dure mucho más, aunque el destino todavía esté por escribir.

Le tildan de traidor, pero usted se esforzó en escribir el guion.

Sabía perfectamente que cruzar la acera del azul al naranja no sería un camino de rosas, pero la intensidad del odio generado me ha sorprendido. Yo le di cuatro años de mi vida al Lleida, jugué un playoff ante 8.000 personas y soporté seis meses de impagos antes de que la AFE tuviera que rescatarnos. Elegí quedarme en la ciudad por comodidad y proyecto, pero parece que algunos prefieren olvidar el pasado cuando el presente les molesta.

El esperpento vivido en el Narcís Sala.

Fue una situación surrealista ver a aficionados del Lleida CF desplazarse solo para increparme en un partido contra el Sant Andreu. En un saque de banda la distancia con la grada era inexistente y la tensión se cortaba con un cuchillo. A estas alturas los insultos ya no me quitan el sueño, pero ver esa energía invertida solo en contra de un profesional resulta agotador.

No hay constancia, más allá de su afición, de ni un solo club de fans del Atlètic Lleida.

Nunca había sentido este rechazo frontal en ningún otro club. Me resulta fascinante y a la vez triste que en campos como Reus, Baleares o Sant Andreu, el grito de guerra unánime sea siempre contra nosotros. No sé si el proyecto tendrá la paciencia necesaria para aguantar este clima de hostilidad permanente.

Aquel Barça de Dani Alves.

Vivir cuatro años en la Masía te marca para siempre. Quizá en aquel momento pequé de pesimista al ver que delante de mí estaba el mejor Dani Alves de la historia; era un equipo de otra galaxia. Las lesiones y la distancia de casa fueron piedras en el camino, pero la formación que recibí allí es el motor que me permite seguir compitiendo hoy.

Del Segre al Danubio pasando por el Ebro.

Zaragoza fue una etapa feliz hasta que mi cuerpo dijo basta. Luego vino la aventura en Hungría, que fue más gratificante en lo económico que en lo deportivo, y Bélgica, que era el escaparate perfecto hasta que el Covid lo detuvo todo. Estar seis meses sin equipo te enseña una humildad que no aprendes en los vestuarios de lujo.

Fuente original: www.sport.es →