Noventa minutos le habrán bastado a Martín Demichelis para comprobar que Ortells ha puesto en sus manos un grupo de futbolistas irreconocibles, desquiciantes, que parecen haber olvidado cómo se juega al fútbol. Un equipo anclado en la zona de descenso, sin capacidad de reacción y que volvió a ofrecer un espectáculo deprimente, capaz de desesperar a una afición que no se merece este calvario.
La Real Sociedad se llevó los tres puntos sin necesidad de grandes alardes, simplemente aplicando intensidad. Tanto, que cuadruplicó al Mallorca en faltas y le superó en posesión. Los vicios de siempre: el gol de rigor encajado en la primera mitad para empezar a remar contracorriente. Por momentos, daba la sensación de estar viendo un partido en Anoeta y no en Son Moix. Ni un remate en media hora y apenas dos en los noventa minutos.
No se salva nadie. En la portería, un Leo Román limitado con los pies, cuyo único recurso es el pelotazo. En defensa, dos laterales —Maffeo y Mojica— que son una sombra de lo que fueron. En el doble pivote, jugadores incapaces de encimar a un Soler que remata completamente solo el único gol del encuentro. En la creación, un Darder desaparecido, sin capacidad para filtrar un pase. Y arriba, Virgili y Muriqi contagiados por la mediocridad general, lejos de ser los estiletes necesarios para romper defensas.
Demichelis afronta una tarea titánica con la herencia recibida. No sería extraño que su hija, tras presenciar semejante despropósito, le preguntara: “¿Dónde nos hemos metido?”. Quedan doce jornadas para revertir la situación, pero visto lo visto, las destituciones no deberían haberse limitado al banquillo. En algún despacho de la planta noble también hay responsabilidades que nadie ha querido asumir.