El fútbol, a veces, no se arregla con más rondos, sino con más palabras. Tras los batacazos en el Metropolitano y en Montilivi, Hansi Flick ha detectado que el problema del Barça no reside únicamente en un desajuste del repliegue defensivo o en la falta de puntería, sino en una saturación mental que amenazaba con gripar el motor del equipo en el momento más inoportuno. La decisión de dar dos días libres para luego encerrar a la plantilla en una cumbre de más de una hora es un síntoma claro: el grupo ha pasado por el diván porque el diagnóstico exigía una terapia de choque inmediata.
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