Vivir a pierna suelta. Gozar. Sufrir. Perder la cabeza. Llorar una pena grande, celebrar la mala suerte y al final explotar de júbilo en un lado y de rabia en el otro, en la esquina de los castigados por la fortuna. Así se fragua un duelo de rivalidad, de sana vecindad, uno que le ha perdido el respeto a la historia para el bien del fútbol provincial, del tiempo presente, del delirio en que este deporte convierte los días raros en los que cualquier vaticinio salta por los aires a la mínima de cambio.
El Hércules saca la cabeza. Lo hace sin excesivos alardes, sufriendo mucho en la segunda parte, pidiendo la hora y sobreponiéndose a un destino que ya se había escrito en el despiste de Mangada, otra vez, con un tanto en propia puerta en el tiempo de descuento que le daba al Eldense, muy superior tras el descanso, el alivio del empate.
Pero no. A veces lo que queda, aunque se antoje mínimo, es casi todo. Lo poco que faltaba era justo el tiempo que le sirvió al Hércules para recobrar el aliento y tomarle el pulso a una liga en la que nada cambia para el Deportivo, que sigue siendo un fiel aspirante al ascenso, pero que insufla una bocanada de aire fresco al ideario de Beto, fiel a un concepto brillante que no acaba de salir triunfante en la tercera categoría porque a su equipo, mas bien a sus jugadores, les cuesta un mundo hacer goles.
Los primeros 45 minutos, en otro escenario, en una coyuntura diferente, habrían valido para dejar abrochado el derbi. Pero en el Rico Pérez no. En ese escenario mundialista que se cae a pedazos cada gramo de alegría que se destila hay que pagarlo a precio de oro en barras de kilo, tal vez por ese motivo se festejen tanto victorias aparentemente menores, humildes, extemporáneas, conseguidas al filo de lo tolerable bajo un microscopio de cien años.
El Hércules marcó todos los goles, los tres, y en ningún momento sintió que tenía el encuentro ganado. Le falta pegada de la buena, de la que liquida adversarios. Y si especulas con eso, entonces los oponentes, cuando tienen el potencial del Deportivo, acaban poniendo a la lógica de su parte. Claudio se equivocó en el planteamiento, pero su error no le pasó factura, o no del todo. Cuatro ocasiones muy claras de los locales sin contar el tanto de Unai Ropero. Acciones delante del guardameta, de remates francos, limpios, sin defensores cerca, solo un imbatible Ramón Vila.
La salida en tromba blanquiazul halló su premio a los ocho minutos, justo cuando Sotillos roba, abre a la izquierda, deja a Andy y a Samu inventar pegados a la cal hasta que el centro del lateral lo termina rematando el hijo de Paquito, que se vuelve a topar con el arquero azulgrana. Vila despeja, y ahí, donde nunca está Fran Sol si juega, emerge Unai Ropero para cabecear, marcar su sexto tanto y pedir exquisito perdón a quienes le aplaudieron el curso pasado.
Ben Hamed, Colomina y Mehdi Puch marcaron la pauta, el Hércules anuló a Fidel, defendió alto, robó, trianguló bien, filtró pases, no perdió muchos balones y trató de correr. Lo hizo todo bien antes del descanso menos una cosa: convertir todo eso en festejo de goles.
El técnico del Deportivo reorganizó su estructura, dejó a Bustillo en el vestuario, apostó por Rober Ibáñez y devolvió a Clemente al lateral diestro. A partir de ahí, más pelota para el Deportivo, más presencia en campo rival y más acciones finalizadas. El Hércules notó entonces su fragilidad, le dio miedo, y fue dando pasos hacia atrás desoyendo a Beto. La angustia es una fuerza muy poderosa.
El colegiado le perdonó la segunda amarilla a Colomina al poco de arrancar y eso ayudó a la contención, a la resistencia decorosa del conjunto local, que comenzó a tener en Blazic a su mejor baza. El preparador blanquiazul captó la renuncia de su gente y retiró de golpe a Nico y al goleador para que entraran en acción Sol y Galvañ.
El decorado no varió, pero al menos el joven canterano, en el carril del capitán, retuvo el balón para que sus compañeros respiraran. Del delantero centro ‘titular’ muy poca cosa. Nada. El Hércules aguantó el empuje del Eldense, más fresco, más vivo, menos inhibido, y terminó cercando la portería capitalina hasta que en un saque de esquina, en uno extraño, forzado sin querer que subió a rematar hasta el portero, el vuelo cerrado del balón pasa de largo de todos los visitantes y fue justo donde había tres defensores herculanos. Mangada, recién salido, se sorprende, intenta apartarse, o no se sabe qué, el cuero impacta en él y bate a Blazic. Trágame tierra... Otra foto para el recuerdo.
La grada deportivista lo celebró a rabiar. Minuto 97. Asunto resuelto. Todo el mundo lo creía fuera del césped. Pero aún restaban 60 segundos, el tiempo justo para que una galopada de Jeremy de León –que poco antes le había arruinado de forma inexplicable (y esperpéntica) el estreno goleador a Guti–, resuleta con un disparo forzado del puertorriqueño lo acabara convirtiendo en victoria, con el exterior de la bota, Sotillos, el central, sin vacilar, que llegó hasta ahí, donde nunca está Fran Sol, para zanjar un derbi loco que ojalá sea el principio de algo mejor para los dos equipos que anoche honraron al balompié.